Mauricio pasó por el detector de seguridad del aeropuerto. Sin zapatos, billetera o cinturón. Las monedas y las llaves en el recipiente de plástico. La computadora personal fuera de su estuche y la maleta de mano en el detector. No hubo ningún sonido. Nada de ese pitillo aburrido y desagradable que le hace a uno tener que devolverse, buscar qué es lo que suena en la ropa y removerlo.
Así que se dirigió, como siempre, al final de la banda por donde sus pertenencias ya se amontonaban. Rápidamente, calzó sus zapatos, ciñó su cinturón y guardó su billetera. Buscó sus llaves y sus monedas guardándolas en sus bolsillos, e inmediatamente se dispuso a guardar su computador.
¿Y la maleta de mano? El oficial de seguridad la observaba detenidamente por el visor de rayos x. Mauricio comenzó a impacientarse. No solo había tenido que hacer una fila de hora y media para pasar por el punto de chequeo, sino que su vuelo de regreso a casa abordaría en pocos minutos… al otro lado de la terminal.
El oficial de seguridad se colocó unos guantes de plástico y dirigió a Mauricio, maleta en mano.
“Señor Hernández…”, dijo el encargado con un pobre castellano.
“¿Hay algún problema?”, respondió Mauricio.
“Creo que usted carga una sustancia no permitida...”
El oficial abrió la maleta. Dos botellas con agua, ahora prohibidas por la Federación Aérea Americana, fueron las causantes de la breve detención.
“Va a tener que botarlas”, dijo el oficial como si se tratase de alcohol de contrabando.
“¡Pero, señor, yo tengo que tomar un medicamento cada hora y necesito tener agua disponible!” reclamó Mauricio.
“Pues va a tener que comprarla en la terminal o esperar hasta abordar su vuelo”, decía el oficial mientras se deshacía de las botellas.
“Esto es ridículo”, dijo Mauricio entre dientes. “Ahora me van a prohibir andar mi bomba contra el asma”.
“¿Qué dijo?”, gritó el oficial.
La sola e inocente mención de esa palabra hizo que dos oficiales de seguridad dejaran sus puestos y rodearan al viajero.
“Venga con nosotros”, le dijo el primer oficial con una voz amenazante, mientras le tomaba del brazo.
Veinte minutos después, en un salón pequeño y de paredes blancas y sucias, Mauricio escuchó la voz.
“¡Sr. Hernández! Aquí están sus maletas. Puede irse.”
Mauricio escuchó la voz de una empleada del aeropuerto, levantó la cabeza de entre sus manos para ver sus pertenencias a la entrada de la puerta. Tomó su maleta de mano, la puso en el suelo y la abrió.
Todo estaba ahí, aunque en un completo desorden. Hasta la “bomba” contra el asma. Mauricio salió de la habitación y se dirigió a su terminal. En el camino, compró una botella de agua en una tienda y la guardo en su maleta de mano.
Thursday, August 21, 2008
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment