Thursday, August 14, 2008

En el aeropuerto... Ver 1.1

Primera entrega de una historia que evoluciona... para el curso "Principios de la Comunicacíón"
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Mauricio pasó por el detector de seguridad del aeropuerto. Sin zapatos, billetera o cinturón. Las monedas y las llaves en el recipiente de plástico. La computadora personal fuera de su estuche y la maleta de mano en el detector. No hubo ningún sonido. Nada de ese pitillo aburrido y desagradable que le hace a uno tener que devolverse, buscar qué es lo que suena en la ropa y removerlo.

Así que se dirigió, como siempre, al final de la banda por donde sus pertenencias ya se amontonaban. Rápidamente, calzó sus zapatos, ciñó su cinturón y guardó su billetera. Buscó sus llaves y sus monedas guardándolas en sus bolsillos, e inmediatamente se dispuso a guardar su computador.

¿Y la maleta de mano? El oficial de seguridad la observaba detenidamente por el visor de rayos x. Mauricio comenzó a impacientarse. No solo había tenido que hacer una fila de hora y media para pasar por el punto de chequeo, sino que su vuelo de regreso a casa abordaría en pocos minutos… al otro lado de la terminal.

El oficial de seguridad llamó a su superior. Inmediatamente, ambos se dirigieron hacia Mauricio.

“Permítame su pasaporte”, dijo uno de los oficiales con un mal acento español y de tez morena.

“¿Hay algún problema?”, respondió Mauricio mientras entregaba el documento.

“Señor Hernández, acompáñeme por aquí”, dijo el oficial tomando a Mauricio del brazo.

“¡Pero, señor, tengo que irme. Mi vuelo sale en minutos!” reclamó Mauricio mientras oponía resistencia y el oficial se hacía el que no comprendía el idioma. Inmediatamente, otro oficial se acercó como para calmar la escena, la cual ya empezaba a llamar la atención de los curiosos.

Veinte minutos después, en un salón pequeño y de paredes blancas y sucias, Mauricio escuchó la voz.

“¡Mr. Hernández! You can go now”

Mauricio escuchó la voz de otro oficial del aeropuerto, levantó la cabeza de entre sus manos para ver sus pertenencias a la entrada de la puerta. Tomó su maleta de mano, la puso en el suelo y la abrió.

Lo que sospechaba. El juguete electrónico que había comprado para su hijo se había encendido dentro de su maleta, haciendo estragos durante el análisis de rayos x. Le esperaban doce horas para la salida de su próximo vuelo.

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